Bruno

Sus grandes ojos marrones se van cerrando poco a poco. Está muy cansado. Es lo normal cuando pasas el día navegando en un barco pirata, luchando contra villanos o escapando de una cárcel, que luego llegas a casa y el cuerpo te pide dormir. De repente oye un ruido y abre los ojos de golpe. No ve nada, todo está muy oscuro. Cierra los ojos otra vez.

Justo cuando empieza a dormirse, vuelve a escuchar otro ruido. Esta vez deja los ojos abiertos durante un rato, hasta que ya puede distinguir los muebles y su colección de juguetes en la penumbra. Pero eso no ha sido una buena idea, porque ahora los muñecos parecen mirarle fijamente. Sobre todo El Porcelanas. Nunca le gustó ese tipo.

Llegó una tarde lluviosa de febrero, en su quinto cumpleaños. Tras abrir el paquete con mucho cuidado, sin romper el envoltorio –esas pequeñas manías que él tenía-, El Porcelanas hizo su aparición estelar. Y tras ella, un silencio sepulcral solamente interrumpido por una boca masticando patatas. Bruno desconfió de él desde el principio, como ocurre con esas personas que te dan mala espina con una sola mirada. Debió de notarse la tensión en el salón, porque la madre de su amigo Andrés –la autora del crimen- se apresuró a decir “¿no te gusta, cariño?” con una sonrisa incómoda. Él masculló un “gracias”, preguntándose qué tenía esa señora en su contra, y cuando se quedaron solos, lo colocó en la estantería, de donde no lo movería jamás.

Y allí está él, observándole desde la oscuridad. Arrogante y desafiante. Como un valiente que es, Bruno le sostiene la mirada durante unos segundos, pero de pronto ve algo que le hace esconder la cabeza bajo la sábana. Una sonrisa. La sonrisa más inquietante que ha visto nunca. Y aunque solo tiene seis años, es lo suficientemente listo –listillo, según su hermana mayor; “espabilao”, según su padre- como para saber que esa mueca no esconde nada bueno. Así que cierra los ojos con todas sus fuerzas, intentando convencerse de que así, bajo ese escudo protector que es la sábana, se dormirá antes.

Pero no funciona. Todavía con la respiración agitada y el corazón a mil por hora, se atreve a mirar –porque, aparte de valiente, es muy curioso (cotilla, según su hermana)- una vez más.

Pero El Porcelanas ya no está.

Un escalofrío recorre su espalda. Se oyen pasos. Es hora de recurrir a un profesional.

¿Los cazafantasmas?

No.

– ¡¡¡MAMÁÁÁÁÁ!!!

Silvia Resola.

Happy Halloween!

Halloween

(Foto: Roger Wilkerson – Tumblr)

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