En la mesa del fondo

Cada vez que entro en la cafetería los busco con la mirada. Ahí están, en la mesa del fondo, la de los sillones. Siempre sentados en la misma posición. Seguramente lleven tanto tiempo yendo que cada uno tiene su sitio asignado.

Ella, tras sus gafas, lee el periódico. Él, con un colorido jersey –a veces morado, otras azul- la lee a ella, y también lo que hay a su alrededor: a las camareras que van de aquí para allá cargadas de platos; a los jóvenes y guapos becarios de la mesa de al lado, riendo y hablando en inglés, francés, italiano y español. Ellos, sin embargo, parecen pasar desapercibidos para el resto. Excepto para mí.

Mientras espero a que preparen mi ensalada les miro. Sé que él se da cuenta, porque a veces me mira a mí también. De vez en cuando ella levanta la vista del periódico, como para asegurarse de que todo sigue en su sitio, y cruzan alguna que otra palabra, pero no hablan demasiado. Reina entre ellos ese tipo de silencio que no es muestra de enfado, ni de indiferencia o incomodidad, sino el silencio de la tranquilidad, la calma y la confianza.

Club salad and homemade lemonade.

Y mientras recojo mi ensalada me pregunto por qué me llaman tanto la atención, por qué me gusta observarles, por qué me transmiten ternura y por qué los días que no están es como si le faltase algo a la cafetería. ¿Será que les tengo algo de envidia sana?

Después de todo, a quién no le gustaría seguir encontrándose, por muchos años que pasen, esos ojos familiares y llenos de cariño al levantar la vista del periódico.

Silvia Resola.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. elyer dice:

    No hay mayor satisfacción para un escritor y un lector que la capacidad de reflexión tras una buena lectura. El sentimiento que me inspira este relato es el de una chica con la que alguno de nosotros nos hemos identificado en más de una ocasión. Esa nostalgia que se apodera de uno mismo por la inseguridad de encontrarnos fuera de nuestro núcleo de seguridad, reflejado en la lectura como el anhelo del hogar al encontrarnos en una ciudad diferente, un país ajeno. donde, a duras penas, al único que conocemos es el compañero de piso con el que compartimos habitación.

    Cualquier escapatoria de la monótona realidad que reina en los primeros días, semanas o meses de adaptación, es bien recibida, siempre y cuando no se convierta en un rasgo propio de la nueva personalidad que adquirimos en dicho proceso de asimilación con el entorno que nos rodea.

    Por lo tanto, a mi parecer, la cafetería es lo más parecido a un hogar, donde, día tras día, te reúnes con ese grupo de jóvenes de diferentes nacionalidades que, aunque no dejan de ser unos simples desconocidos, los sientes como amigos, compañeros de viaje que en algún momento estuvieron en la misma situación que tú, pero con el tiempo, se hicieron un hueco en ese lugar, que al principio era hostil y en el cual, gracias a las experiencias o vivencias experimentadas, se encontraron en algún lugar del camino y formaron su núcleo, su familia. Una familia que todos formaremos en algún momento y que no olvidaremos nunca.

    Respecto al hombre misterioso tras el periódico, ¿quién dice que no podría ser nuestro propio reflejo!? En la misma situación, ¿tal vez? Pero un “espectro” de nosotros mismos que nos da la serenidad de saber en que lugar del camino nos encontramos, el punto a partir del cual queremos avanzar y seguir adelante,

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